Oruro, ha descubierto uno de sus hijos, necesitaba de una disciplina especulativa para ser comprendido. Es que este pueblo de flores, resplandores y fiesta tiene respuestas, como ningún otro, a las preguntas esenciales de quién soy, adónde voy, cuándo, por qué.
Sucede que la orurología, ciencia en pleno desarrollo, es una ciencia especulativa harto agradable de disfrutar. Desde luego, tiene sus exactitudes como tiene sus embrollos, sus contradicciones y sus sentidos más fibrosos en la interpretación de sus elementos simbólicos.
Le puse orurología porque no cabe ya diablología, porque el demonio está en muchas partes y tiene siempre un sentido casi cristiano religioso que no abarca lo que se quiere decir. Tampoco carnavalogía, porque hay distintos carnavales en el mundo, con sus pintorescas explicaciones también.
En cambio la orurología sí tiene que ver con los fenómenos propios del Carnaval de Oruro, pero también con Oruro (a secas, o sea sin lago Poopó) o de sus alrededores geográficos e históricos.
El fenómeno orurología es también un fundamentalismo cuyo dogma no existe. Sólo se trata de señalar con saña a uno que otro incauto que se ha cubierto de sol o lluvia bajo el ala de nuestro buen nombre.
La orurología es un concepto mío a partir de otro fenómeno del mundo que es la egiptología. La arqueología hubo encontrado en Egipto una veta tan rica, que tuvo que darle su propia categoría de estudio especializada.
De igual modo, la orurología implica el estudio de muchas cosas, casi todas a medias. No por falta de interés, sino por falta de tiempo, pues es una ciencia joven. Tan joven, que la acabo de inventar.
La distancia entre el pensamiento y la acción está en la emoción de danzar.
Sin embargo, se ha ido ocupando de muchos temas ya desde antes de su aparición. Temas prehistóricos: la cultura Uru, la cultura Wankarani (léanse los libros de López Rivas, Luis Guerra Gutiérrez o Carola Condarco). Temas etnográficos: los propios Urus siendo urus. Temas coloniales: historia de la minería, asientos mineros, encomiendas, mitas, en resumen, el proceso hispano de intervención. Temas insurgentes: Bélez de Córdoba, los Hermanos Rodríguez en el 10 de febrero, 6 de octubre de 2010 y Tambor Vargas en la experiencia independentista de nuestro país. Temas republicanos, ecológicos, sociográficos, económicos, etc.
Pero lo que importa es la parte especulativa de la orurología, que es la que mayor morbo promueve. Y no es un sólo morbo, sino que viene por partida doble. El que provoca al orureño a nombrar “non grato” a quien sea, y el morbo de los ajenos en la incitación.
Ya entrando en uno de los miles de tópicos de la orurología, en la interpretación de los conjuntos folklóricos hay caprichosas interpretaciones que muchas veces son cuestionadas, como en la morenada que para unos es un trajinar de negros esclavos y para otros un baile de pescados. Para mí, esa escatológica manera de mirar las cosas nos hace quedar en ridículo a los seres humanos y nos iguala patéticamente.
No bien anuncia una cosa Oruro, salen Uncía, Potosí, Taraco, Puno y otras regiones a sacar su cachivache más antiguo. Como ancianos en una fiesta de niños tratando de demostrar quién tiene los mejores juguetes.
Hablemos de flores
Pero hoy día quiero hablar de un tema poco difundido en la orurología: quiero hablar de flores.
De los apellidos andinos, son bonitos Mamani, que vendría a ser la estirpe del Halcón, y Condori, del cóndor. También está Quispe que al castellanizarse tomó la forma de Espejo. Cuando uno se plantea el espejo en su sentido misterioso, el estilo Borges es una cosa; pero es más bonito cuando pensamos en Sebastiana Qespi, de la película Vuelve Sebastiana, que tiene ese apellido porque es de los Urus y quizá solo ellos, habitantes de los lagos, pueden comprender dentro de los fenómenos de la naturaleza sentidos totémicos tan maravillosos como “qespi”: el conjunto de todas esas luces que forman una alfombra de destellos en la superficie del lago, cuando en el amanecer el agua levanta esos pequeños guiños de saludo al sol. Por extensión, ese resplandor se le otorga al sentido semántico de los espejos y las ventanas. No es el agua que imita al cristal, sino los cristales los que imitan al agua y su relación íntima con la luz y el sol.
Aproximándonos a ese sentido, desde un punto de vista más poético, congeniando con mi propia castellanización de orureño citadino, le diríamos: Sebastiana, la niña de los resplandores.
Si ponemos atención, “Uru” es día, “Qespi”, el resplandor del sol en el lago. La Virgen del Socavón tiene su fiesta en el alba, en el primer resplandor del día. Y Oruro, “uru- uru”, que según entiendo tuvo la interpretación de “lugar donde nace la luz” por Marcos Beltrán Ávila, también puede entenderse como “el lugar de los muchos días”, o sea, un lugar muy antiguo, o “lugar de abundante luz”, “lugar donde habitan los urus”.
Por otro lado, mucho se ha hablado del Jach’a Flores, y mucho más incluso se habla de Jach’a y poco de Flores. Y por eso hoy quiero hablar no del personaje, pero sí de las flores y del Carnaval de Oruro. Allí también aparece el apellido aymara Pankhara o flor.
Flores hay en el altiplano. A la flor de la papa, que es lila, Jach’a Flores le dedicó el wayño Lila Qolila. Las flores de la papa inauguran el rito de la muerte en Todos Santos. De allí tomamos el color de ornamentación para ese tiempo ritual de noviembre. Florecen las lilas de la papa porque empiezan las lluvias.
Nosotros los orureños somos una pampa extensa que necesita florecer. Hay cactus que florecen una vez cada diez y hasta cien años. Nosotros tenemos nuestro ciclo, ese ciclo es nuestro carnaval.
Y para este tiempo de carnavales tenemos la flor de tani tani, con la cual ch’allamos casas y negocios junto con otras flores, sobre todo blancas.
Vamos a notar que para la anata andina, las mujeres llegan cargadas de flores en su awayu y para bailar utilizan banderas blancas. Da la casualidad de que en los primeros bordados que tenemos de los trajes de diablada y morenada, vamos a ver también flores, rosetones, alusiones geométricas al colorido y la ramificación.
En los tejidos de antiguos awayus también encontraremos flores. Las pampas de los ponchos verdes de las autoridades originarias del occidente de Oruro tienen muchas flores. Son símbolos de poder y abundancia.
Al momento de bautizar a las llamas, se les pone nombre de flor. Para que el ganado florezca. Al momento de ch’allar, se ponen flores en la casa y en los autos, para que nuestras propiedades florezcan.
Vale decir que es un símbolo totémico de ese principio en el que la naturaleza nos bendice con alegría y colores, y también con mucha agua. Porque son tiempos de lluvia.
Nosotros los orureños somos eso mismito. Una pampa extensa que necesita florecer. Hay cactus que florecen una vez cada diez y hasta cien años. Nosotros tenemos nuestro ciclo, ese ciclo es nuestro carnaval. Entonces florecemos como sociedad, en la algarabía y en el conjunto de actos, acciones y reacciones que con el paso de la historia han cobrado dimensiones increíbles. Lo que antes fuera una flor exótica, hoy es un campo de luces.

“Aguadero. Solilunita. Señora”. Ilustración de Oruro por Melchor María Mercado, 1858.
Las respuestas esenciales
Oruro, en carnaval, es una laguna de resplandores por la noche y un permanente saludo al amanecer.
Esa flor es muy frágil porque maneja nuestras verdades, que son francas y sencillas.
Si le prestamos importancia a las letras de nuestras canciones, ellas responden a las preguntas más básicas de la existencia. ¿Quién soy? Un moreno o un diablo.¿Dónde voy? Hacia el socavón. ¿Por qué? Por devoción a la virgen. ¿Cuándo? En carnavales.
Son respuestas muy simples, ¿pero tiene acaso el resto de los seres humanos respuestas a estas cuestiones? Y sin estas respuestas básicas de nuestro existir, no entenderíamos nada de lo que ocurre en el mundo.
De allí, por especulación, llegamos a otros lugares poéticos.
¿Quién soy? No soy nada sin una máscara.
¿Adónde voy? El retorno es inminente y es el único destino posible; hay que hacer el camino nuevamente. El tiempo es concéntrico y debe llegar a su lugar ritual, Oruro, el socavón.
¿Por qué? Por algo inentendible y superior a mí mismo: el contacto con lo divino, la emoción sobrenatural de volver a nacer, llegar al vértice de la espiral de lo existente, la fe. La fe, sin motivo, sin mayor argumento. A veces pagano, a veces cristiano. No importa. La virgen como símbolo, más allá de lo puramente cristiano.
¿Cuándo? Cuando haya música, cuando la gente cante, cuando la gente baile. Cuando yo mismo esté ahí. Vale decir que no puedo ser cuando los demás no están siendo y haciendo felices.
La conexión de lo teórico y lo práctico a través de la ritualidad, la fiesta y el mundo emocional que implica, es la única manera de conocer la realidad.
Estas respuestas son nuestros destellos de lucidez. Muestras de que hay una profundidad en esa laguna de incertidumbres humanas. Esas respuestas son el florecer de nuestra tierra, nuestra sociedad y nuestra cultura.
Como es una flor que nos nace, sin explicaciones. No tenemos razones para defenderla y a veces caemos en el patetismo. Como nuestras respuestas son simples, o así lo aparentan, a veces son difíciles de entender.
Al cristiano recalcitrante no le alcanza la fe para creer en la redención de los borrachos. Para el influencer, es simplemente fácil tomar lo fácil. Para el pagano, es a veces solamente su imagen social, mostrarse bailando o fingiendo felicidad.
Como es una flor que cuidamos mucho para que florezca una vez al año, en realidad no nos importa bajo qué razonamiento te acerques a ella. Simplemente nos enerva que la toques. No hay otra razón, no hay otro motivo. Esa flor colorida son nuestras certezas orureñas, son frágiles certezas; pero son nuestras certezas. El resto del mundo conserva sanamente las incógnitas. Pero nosotros tenemos certezas: sé quién soy, a dónde voy y qué hago ahi
Filosofía orureñológica
Conversando con Rolo, un danzarín de la morenada Zona norte, llegamos a una charla epistemológica interesante. Otra dimensión de la orurología.
Para Descartes: “Pienso, luego existo”. Para el modelo educativo: Ser, hacer, saber, decidir. Para las universidades, el paradigma del siglo XXI: no sólo es el saber, hay que darle importancia al ser. Y entonces viene este Rolo de Venta y Media y me dice: “Pienso, canto, bailo y hago”.
Creo que esto resume perfectamente el ser, el ser de Oruro, y de los Andes en general.
En una lectura, la poeta Norah Zapata Prill nos dijo que los grandes temas de la poesía son “el amor y la muerte”. En otras circunstancias, Juan Rulfo nos dice que los grandes temas de la literatura son el amor, la muerte y la vida. Sorprende que Rulfo siendo quien ha escrito un tremendo libro a la muerte, incluya a la vida.
Si uno vuelve a los griegos, encontraremos que su vida, como contención del amor y la muerte, es la guerra; de ahí que su poesía sea épica.
Si volvemos a Garcilaso, la poesía es pastoril porque la vida es pastoril.
Cuando nos enfrentamos a Oruro, la épica es la danza. Porque la danza, la fiesta, es el epicentro de la vida.
Como dice Rolo, la distancia entre el pensamiento y la acción está en la emoción de danzar. La conexión de lo teórico y lo práctico a través de la ritualidad, la fiesta y el mundo emocional que implica, es la única manera de conocer la realidad.
A partir de esto, las certezas, cobran mayor importancia aún. Porque están en los elementos de “cantar y bailar”, entre el pensamiento y la acción. La certeza de la fe, es el espacio de reflexión no razonada.
Escribo estas líneas, a punto de subirme a un bus, con el fin de retornar a mi tierra. Porque sé quién soy y a dónde voy. Aunque sea una respuesta ridícula para los demás. Porque son cosas que un destacado orureñólogo como yo debe saber. Sobre todo, después de haber visto tantas veces los destellos de la ciudad sobre la laguna oscura de la noche, observando en los fuegos artificiales cómo llora Oruro lágrimas luminosas de felicidad hacia el cielo.
Vamos a ver florecer el alba.
¿Dónde? Ya lo saben ¿Cuándo? También lo saben.







